Back to the basics
- Pablo García del Busto

- 16 ene
- 1 Min. de lectura
Año tras año, las organizaciones parecen más complejas. Más normas, más procesos, más capas de control. Parte es inevitable —regulación, compliance, reporting—. Parte es cosecha propia. Y no siempre eso mejora lo que se pretende.
A menudo, cuando alguien nuevo llega a una organización, siente la tentación de cambiarlo todo. Como si lo que existía antes no pudiera ser válido. Sin embargo, la experiencia enseña algo distinto: muchas veces, los sistemas que funcionan lo hacen porque alguien, en su momento, tomó buenas decisiones.
Actualizarse es necesario. Mejorar procesos también. Pero no todo lo que es nuevo es mejor, ni todo lo que es antiguo es obsoleto. En un entorno de cambio permanente, hace falta criterio —y cierta humildad— para decir: “esto ya funciona bien; no lo tocaría”.
He visto muchas transformaciones fracasar no por falta de tecnología o inversión, sino por haber destruido, en nombre de la mejora, mecanismos simples que eran eficaces. Y también he visto cómo volver a lo básico —a procesos claros, a responsabilidades bien definidas, a indicadores comprensibles— desbloquea situaciones que parecían complejas.

Por eso, una mirada externa aporta tanto valor. Llega con ganas de disfrutar del juego.
No llega con la necesidad de justificar cambios, sino con la capacidad de distinguir entre lo que debe evolucionar y lo que conviene preservar y valorar.
En finanzas y en gestión, lo complejo impresiona; lo simple funciona.
Ante un exceso de complejidad, volver a lo básico suele ser una ventaja.
A veces, volver a lo básico no es retroceder.
Es, simplemente… lo más básico.



